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Unos recuerdos

Cuando se agolpan los recuerdos hay veces que los dejo pasar para que me muestren aquellos momentos que ya no se volverán a repetir. Entonces se acomodan por todas partes y toman, no ya mi mente, sino toda la habitanción, como fantasmas errabundos de otras dimensiones. En ellos veo lo que fui y hay veces que no me reconozco, de tan extraños que me son. Hay muchos bellos recuerdos que me enternecen y que me emocionan, pero los más extraños son los malos. Siguen estando por los rincones, pataleando, escupiéndome a la cara, diciéndome que ese sí era yo, aunque fuese un  yo lleno de tristeza y de impotencia. Entonces les digo que se callen, que no me digan lo que ya sé, que ese era yo, pero es un yo que ya no existe. Con esas palabras se apaciguan y se esconden, aunque no se desvanezcan nunca del todo, pero me dejan con los recuerdos agradables, con los que llenan de luz los corazones. Esos que sigues queriendo recordar, aunque también duela recordarlos.

A veces, cuando me quedo mucho tiempo rememorando el pasado, que, por otra parte, es lo único que se puede rememorar, también me invade una inmensa angustia. Porque los recuerdos me hacen ver el paso del tiempo como algo tan palpable y tan mortal que es como si un abismo se cerniese sobre mi. Entonces el pecho se me inunda de aire y parece que a mis pulmones no les cupiese ni un solo aliento más. No es el miedo a la muerte, pues no es algo que tema. Es más bien el miedo a no añadir mejores recuerdos a la colección que ya tengo. Como si lo que me quedase en esta vida fuese solo rutinario y anodino.

Los malos recuerdos entonces me abuchean desde sus sombras, se aprovechan de mi debilidad y mi silencio. Entonan horrísonos cánticos caóticos de los que no entiendo nada. Ese también fui yo. Fui, pero ya no soy. Aún así me angustia que sigan en mi, ahí, anidados. Siento un dolor sordo en el pecho. Los malos recuerdos me enervan la sangre. Me duelen las entrañas, los ojos me sangran, con esa sangre salada y translúcida. Creo que el corazón, si sigue ahí, esta parado o roto. No puedo respirar.

Me tumbo para que encuentren mi cadáver en reposo. Los recuerdos se desvanecerán con él. Ahora me doy cuenta de que eso es lo que más me duele de morir: que los recuerdos que tanto me costó coleccionar se pierdan como un suspiro en una tormenta.

 

 
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Publicado por en 26 abril 2017 en Uncategorized

 

Tormentosa soledad

Aún miro al horizonte

con la esperanza de que tu mirada

se cruce con la mía.

Aún miro la luna

sabiendo que tú miras

la misma luna que miro yo.

Aún recuerdo

pese a que tú no recuerdes

que teníamos los dos

los mismos recuerdos.

Aún me estremezco

cuando oigo nuestra canción

aunque tú ya oigas

la canción de otro.

Aún sonrío

con la desgana que da tu ausencia.

Aún lloro

con el amargor de tu silencio.

Aún vivo

y ya no sé por qué vivo.

 
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Publicado por en 5 abril 2017 en Uncategorized

 

Reseña de “Patriras y mentañas”

La literatura sigue su curso como todo buen río y así nos encontramos con una reseña literaria del libro Patriras y mentañas, escrito por un servidor, en el número cuarenta y cinco de la revista Narrativas. Hay que agradecer a Adela Gómez tal reseña con la que ha ahondado en nuestros texos y en su temática con una precisión de cirujano. Verdaderamente una lectora de esta categoría hace que las ganas de escribir renazcan en el alma de cualquier escritor.

Aquí os dejo el enlace para que descarguéis la susodicha revista:

http://www.revistanarrativas.com/

 
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Publicado por en 3 abril 2017 en Uncategorized

 

Que no

Que no.

Que nunca le temí a la soledad ni al abandono.

Que siempre me gustó el silencio.

Que mi corazón no me pertenece.

Y es que no sé si lo tengo en el pecho

o me lo arrebataron hace tiempo.

A mi también me mintieron

mientras me miraban a los ojos.

La vida fue la que mintió,

ella fue la que me dijo que era justa.

Pero la justicia no existe

y lo único seguro es la muerte.

Que no.

Que no me da miedo estar solo.

Simpre fue así.

Lo que me da miedo,

lo que de verdad temo

es no volver a oir tu risa.

 
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Publicado por en 16 marzo 2017 en Uncategorized

 

Hace algún tiempo…

Soñaba con un paisaje verde donde la brisa me acariciaba la cara. Estaba rodeado de rocas hundidas y tristes, vestigios del ocaso de una civilización antigua y perdida. El sol brillaba, pero no hacía calor. Me tumbé boca arriba en el césped fresco y brillante. Solo quería seguir durmiendo, durmiendo para siempre en aquel sueño de paz y solaz.

Entonces me despertó una voz. Era de noche y varias personas hacían un corro entorno a mi cuerpo yacente. “¿Dónde te duele? ” Decía un hombre. “¿Qué te duele?” decía la  misma voz que esta vez reconocí. “¿Qué te duele? repetía y decía mi nombre. Entonces volví en mi y poniéndome en pie exclamé: “¡Tú sabes lo qué me duele!” Y me fui de allí, dejando al corro de personas perplejas.

Anduve luego un buen trecho taciturno y pensativo. Me habían sacado de mi sueño, de un sueño del que no quería despertar, y me habían traído de vuelta al mundo ocre y acre. Entonces busqué el móvil como un salvavidas y llamé. Pero ya no había respuesta. La vida seguiría siendo oscura, el mundo hostil. La respuesta que yo quería, la que le devolvería el color y la paz a todo no llegaría. La noche se tornó eterna e indeleble en mi corazón. Me devoró el desaliento y seguí buscando una respuesta, desesperado. Fue inútil.

Solo podemos salvarnos nosotros mismos y pedir perdón por querer que otras personas nos salven.

 
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Publicado por en 13 marzo 2017 en Uncategorized

 

Clima

El turbio sonido de la incertidumbre.

Caen los rayos y truena.

Llueven amarillas gotas de soledad.

Cantan las canales

sus melancólicas notas.

Qué camino extraño nos ha tocado.

Bifurcaciones, esperas, encuentros.

Abandonos, silencios, indiferencias.

La lluvia que sigue

su curso hasta el mar.

Incansable e imparable.

 
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Publicado por en 23 febrero 2017 en Uncategorized

 

Elucubraciones de un conductor

Iba conduciendo, sin música (últimamente no soporto ningún tipo de música. De hecho, he conseguido, gracias a mi psiquiatra, que quiten el hilo musical de donde trabajo pues puedo llegar a tener una especie de ataques epilépticos) Y he pensado que el coche nos vuelve más egoistas de lo que somos. Cuando vamos en coche nos volvemos inhumanos, no ayudamos a los demás, los molestamos al máximo. Es como si los demás no fueran también conductores humanos como nosotros, sino meras máquinas a las que no dejar ni un resquicio de ayuda ¿Qué van a cambiar de carril? Aceleramos ¿Qué ves una fila de coches y te puedes colar metiendo el morro? Pues te cuelas ¿Qué vas a girar? Nada de favorecer a los demás. Ni los demás a ti.Yo lo achaco a que vemos máquinas donde hay personas. Un desproposito diario. Homo homini lupus

Así llego al aparacamiento de mi casa y me quedo mirando dos ramas. Cada una pertenece a un árbol, semejan dos alas de plumas verdes y el viento las mueve tan suave que parece que se estén acariciando ¿Es el viento el que las mueve?

En el ascensor coincido con la anciana del octavo. Ante mi silencio de costumbre la señora ensaya una frase: “Tendrán que venir a revisar el ascensor qué vaya ruido que hace” Yo asiento con una especie de mugido. No tengo ganas de darle palique a nadie. Nos bajamos con la despedida de rigor y abro la puerta de mi cálido hogar. La señora desaparece de mi existencia para volver a aparecer en este párrafo y nada más.

 
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Publicado por en 13 enero 2017 en Uncategorized

 
 
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