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Solsticio de invierno

Parece que la Luna le haya prestado a la noche la sonrisa socarrona del gato de Cheshire.

Mientras un avión se desliza allá arriba como una estrella fugaz y silenciosa, que en vez de caer se dirige hacía el firmamento, dejando tras de sí una efímera estela de plata.

Aquí abajo nada nuevo. Atascos y pitidos. Prisas que no conducen a nada y conductores que conducen como si nada.

Parece que el frío se ha hecho un abrigo de viento y nos quiere, amable, abrigar con él. Se ha rapado al cero y su cabellera de nubes y lluvia se echa de menos en estas fechas.

A algunos se nos ablanda el corazón y le damos unas monedas al que vende pañuelos todo el año en el sémaforo. Otros se quedan recordando otras vidas, otras gentes, otras latitudes.

En algún lado arde una llama. Es algo poderoso y alentador. Es una fuerza que no te decepciona. Es la esperanza que late dentro de mi pecho, cálida y bermeja.

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Publicado por en 22 diciembre 2017 en Uncategorized

 

El viento

Este viento que golpea con descarnada ira los tejados parece que trae consigo algo más que un dolor de huesos. Es un dolor más profundo, más antiguo, un dolor que no se cura con medicinas ni panaceas.

Todo comenzó con un sueño. Soñó que estaba andando por la calle y miraba a un grupo de jovenes sentados en una escalinata de lo que parecía una iglesia. Entonces la veía a ella, allí, charlando como el resto. Él siguió su camino, pero sin poder apartar la mirada de ella y entonces ella se giró y le calvó sus ojos en el alma. Fue una de esas miradas que se dan cuando una persona está escondida y la otra persona te está viendo perfectamente. Sus pupilas azules decían: “Sé que estás ahí, te veo” Y entonces despertó azorado porque tenía la sensación de que ella estaba en su sueño como una imagen de un recuerdo y, sin embargo, tenía la certeza de que ella, de algún modo, sabía que la observaba a través de ese sueño.

Esa mañana todo discurrió con la normalidad propia de la rutina. Fue al trabajo y cuando llegó la hora del almuerzo se marchó a su casa. Podría haber salido un minuto antes o uno después y no habría pasado nada, pero a veces las cosas pasan y nadie sabe por qué. Podríamos hablar del destino, pero en realidad el destino no es otra cosa que las consecuencias de nuestros actos pasados. Esto fue simple coincidencia… ¿O no?

El caso es que cuando iba en el coche de vuelta a su casa, donde esa noche había soñado con aquella chica del pasado, la vio. De perfil y cruzando el paso de cebra que tenía delante de sus  propias narices, allí iba: rubia con el pelo corto cubierto por un bombín negro, un pañuelo de colores alegres, y unos baqueros que le quedaban holgados, de lo que deducía que había perdido peso. Quiso llamarla de alguna forma para que se volviera, pero se quedó paralizado. Ella siguió andando y el semáforo tornó en verde. Tuvo que arrancar, cuando le pitaron con impaciencia los coches que le seguían.

En el resto del trayecto las interrogante lo subyugaron: ¿Era realmente ella?¿A dónde iba? No parecía ella, estaba muy delgada. ¿O si era? Pero ella andaba de otra manera, tenía una manera de caminar característica. Aunque, pensándolo bien, no se había fijado en cómo andaba. Sí había visto que llevaba unos botines deportivos, que ella no solía llevar, pero claro, hacía tanto que no se veían, quizás había cambiado sus hábitos, sus andares, sus prendas ¿Quién sabe?

Esa tarde el viento soplaba con extrema violencia y parecía traer un dolor ignoto consigo. El cielo refulgía con un celeste raso como las pupilas del sueño. ¿Por qué llevaba todo el día con aquella angustia? ¿Era por la chica, por el pasado? ¿Era el viento? Ese viento parecía arrancar las raíces de su dolor en el pecho ¿El viento le había traido a ella? ¿Pero era verdaderamente ella? Imposible saberlo. Pero lo que sí era cierto era el dolor y el viento.

Ella solo era un sueño, si es que era ella. El vendaval prosiguió y el dolor angustiosos se le extendió hacia el vientre. Entonces decidió ir a camniar sin rumbo por la ciudad. Era un método por el cual conseguía abstraerse del presente y con el que la nostalgia se le desvanecía, así que lo intentería con aquella extraña dolencia que le aquejaba.

No supo cuánto tiempo anduvo sin rumbo fijo por las calles desiertas mientras el frío le azotaba el rostro. Entonces, atolondrado por el pasado, chocó con alguien. Era la chica del bombín, sin duda, pues llevaba el mismo pañuelo multicolor del mediodía. ¿Destino? ¿casualidad? ¿El viento? No era la misma del sueño, no era la misma del pasado.

Tras aquel choque fortuito (¿había sido fortuito? ¿o el viento, provocándole aquel dolor, lo había sacado de casa?) estuvieron hablando largo rato. Él le contó la  extraña verdad que envolvía a la situación y ella pareció tomárselo a broma. Quizás le sonó a excusa para hablar más tiempo. Luego se resguardaron del viento en un bar para seguir con la charla, aunque a él ya no le dolían las ráfagas que antes le traspasaban los huesos hasta el alma y ella parecía estar divirtiéndose.

Mirándo sus extaños ojos índigo supo que estaba tranquilo y el viento amainó hasta quedar en una brisa que mecía a las nubes como si fueran enormes veleros a la deriva.

 
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Publicado por en 15 diciembre 2017 en Uncategorized

 

Dudas razonables

¿Qué buscas en la vida?

Cuando todo parece decir No.

Cuando el pasado no es más

que un profundo y distante sueño.

¿Qué buscas en este valle de islas rotas?

¿A dónde encaminas tu rumbo?

¿A quién confias tu atribulada alma?

Se la prestas a alguien y te la desdibuja.

Te la devuelven llena de costuras

y de dudas cicatrizantes.

Después soplan vientos de soledad

y te quedas mirando el horizonte

y ves que no existe.

Que no hay horizonte.

Que esa línea ignota donde el sol se esconde

no es más que nuestra falta de esperanza.

Que si avanzas hacia esa frontera ficticia

el lecho del sol simpre está más allá,

inalcanzable.

Inexistente.

¿Te buscas a ti?

¿A tú media alma?

Tenlo claro,

No hay barreras, todo es posible,

porque verdaderamente no hay horizontes.

 
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Publicado por en 14 noviembre 2017 en Uncategorized

 

Algunas sonrisas me recuerdan tu sonrisa.

Algunos ojos me recuerdan tus ojos.

Ciertos peinados me recuerdan tu peinado.

Pero ningún corazón se te parece.

No hay ninguna como tú en esta noche aciaga.

¿Dónde están tus gesto de niña traviesa?

¿Dónde está tu mirada brillante?

¿Dónde, ay, estás tú entera

con tu alma de ángel y tu cara de buena?

Ven, consuélame con tus caricias,

vela mis atribulados sueños

y, mansamente, deja que muera.

 
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Publicado por en 8 noviembre 2017 en Uncategorized

 

Demasiado cerca

Charlaron de las vida mientras comían.

Tuvieron caricias viendo la tele.

Se cogieron de la mano mientras paseaban.

Se abrazaron en los breves viajes de ascensor.

Se acurrucaron en el calor de las sábanas.

Se regalaron besos de idas y vueltas.

Tuvieron el amor simpre tan cerca,

será por eso que no lo reconocieron,

no lo sintieron porque lo tenían encima

y con un suspiro se dijeron

Adiós.

 
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Publicado por en 2 noviembre 2017 en Uncategorized

 

Nada especial

Solo hay dos cura para todo los males: El tiempo y el silencio

El conde de Montecristo. A. Dumas

 

Algunos días tienen un significado especial. El pasado nos ha proporcionado que así sea, pero, hay veces, que ese día deja de ser especial porque se diluyen sus connotaciones en el tiempo y en el olvido. Algo que significaba mucho- la propia vida, quizás- acaba por importar un ardite. Cierta persona decía hace algún tiempo- parecen ya siglos- que nunca borraría a alguien bueno de su pasado. Al final, como pasa tantas veces, la palabra “nunca” -igual que la palabra “siempre”- resultan ser demasiado tiempo. Entonces el pasado, refugio de los tristes, se esconde en un rincón para que ese día, que antes se celebraba de corazón, se convierta en una jornada más de la semana, con los recuerdos tapándose la cara, y uno no sabe muy bien si por no ver o por qué no los vean; si es por vergüenza o por miedo a ver lo que no quieren, esto es: que ya no hay nada que festejar y que nadie te echa de menos.

 
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Publicado por en 13 octubre 2017 en Uncategorized

 

La niña y el globo

La niña era una sombra en la pared, anhelando atrapar al globo que se le escapaba de sus inocentes dedos. No lloraba ni gritaba, permanecía en un silencio estatuario, levantando su bracito hacia el globo que le decía un adiós tamimagesbién silente.

Atrevido, deseoso de ver nuevos horizontes, el globo, ayudado por una ráfaga rebelde, se había zafado de los aún torpes y frágiles dedos de la chiquilla. Volaba ya a una distancia inalcanzable, en la que ella solo podía tener la esperanza de que el globo volviese a sus manos como por arte de ensalmo, algo que solo la inocencia de un niño podía esperar; sin embargo, el globo aún podía ver el brillo de sus ojos anegándose paulatinamente en un mar que presagiaba, en breve, una tormenta de lágrimas. Pero él tenía que ver otros cielos, otros lares, así que no se dejó conmover por el llanto callado de su joven ama y voló. Voló tan alto y tan rápido como el aire le permitió. Vería muchos otros mares y muchos bosques, saborearía la corriente de muchos vientos, oiría miles de canciones de voces ignotas. Ese día fue feliz, mientras la niña lloró desconsoladamente.

Y después de incontables giros, volteretas y zigzagueos, cuando sus días llegaron a su fin, desinflándose por el encontronazo violento con una rama salvaje. Allí, en aquel tenebroso lecho de muerte que el azar le había adjudicado, cuando ya era solo un pellejo moribundo que solo podía pensar en el pasado con nostalgia, se dio cuenta que lo que echaba de menos era estar en las manos tranquilas y amorosas de la niña que lloró su pérdida como nadie hizo nunca. La misma muchacha que ya no recordaba a aquel globo en el que un día puso su corazón.

 
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Publicado por en 20 septiembre 2017 en Uncategorized

 
 
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